Mi amigo Predrag Savovic me recomendó este libro después de una larga sobremesa en la que aprendí mucho sobre serbios y otros pueblos de la antigua Yugoslavia.
Debo confesar que su lectura me ha hecho pensar mucho. Ivo Andric es un escritor fabuloso. No en vano recibió el Premio Nobel en 1961. Pero no os recomiendo su lectura sólo por sus indudables valores literarios -que los tiene y muchos- sino por el contenido y la historia que cuenta.
Crónica de cuatro siglos desde la construcción de Un puente sobre el río Drina
hasta la primera guerra mundial. Y crónica de la raíz del odio que está en la base de lo que hemos conocido en la antigua Yugoslavia. El libro es directo, contundente, duro y, sobre todo, tremendamente clarificador.
Muchas veces solemos quejarnos los vascos de los prejuicios y lugares comunes que se cuentan de nuestro puelo, de nuestros conflictos, de nuestra idiosincrasia. Pues bien, tras leer esta obra y recorrer mentalmente la Kapia del Puente sobre las aguas del Drina, caes en la cuenta de lo poco que conocemos de nuestros hermanos de los balcanes. Tan cerca y tan lejos a la vez. Tan europeos como nosotros y que tanto han sufrido.
Gracias Savo. Además de lo que te admiro como deportista, ahora quiero manifestarte mi admiración como persona y como intelectual.
No obstante, sigo recomendando un viaje por la antigua Yugoslavia, intentando charlar con los locales (la mayoría, sobre todo aquellos que saben inglés, no hace ascos a hablar sobre el conflicto, aunque aún no lo hayan superado del todo).
Hablo, por supuesto, de viajar de modo independiente, no organizado ni en hoteles Holiday Inn (aunque el de Sarajevo tiene su interés).
Por cierto, los valles del Drina y sus afluentes, como el Drinjaca (especialmente el área montañosa de la república Srpska), constituyen una de las zonas más bellas y vírgenes de toda Europa, a mi parecer.
Absolutamente recomendable, excepto sus carreteras.
Yo estuve en Eslovenia, cuando era Yugoslavia; en el año 1986. Concretamente en Bled, al norte, en los Alpes Julianos. Fuimos a subir el Triglav. Se podia apreciar un fuerte carácter de propia identidad, de ser eslovenos; por ejemplo al ir a comprar cosas de recuerdos o al hablar con la gente medio en inglés medio en castellano; porque allí todo el mundo sabía algo de italiano, alemán, etc…. Pero también aprecié en la gente el sentimiento de que eran yugoslavos. Me acuerdo que con un paisano con el que hablé me decía que lo más bonito de Yugoslavia para él era Macedonia. El era esloveno y decía que su idioma era el slovenska pero hablaba de Yugoslavia como su país . Hablamos mucho de baloncesto y sobre los duelos de la Cibona de Delibasic contra el Real Madrid. Y me pasó con más gente, en el refugio del TRiglav; también lo aprecié, la gente nos decía que eran yugoslavos a pesar de ser eslovenos. Pasados los años, me chocó y me asustó todo el odio que salió a relucir en aquellos países durante la guerra.
Muy atinadas vuestras respuestas. Y fran has plasmado con gran claridad esa dificultad para entender lo que ha pasado. A mí me quedó una sensación muy semejante a la que describes
Hace unos años, un amigo me contó la siguiente historia real, de la que fue testigo:
Hace unos años, un amigo me contó la siguiente historia real, de la que fue testigo:
A primeros de los 90, él trabajaba en Markina, en la desaparecida fábrica de armas “Esperanza y Cía-” -siempre me resultó curioso un nombre así para ese tipo de fábrica-. Les llegó un pedido del gobierno yugoslavo, para el suministro de una cantidad exageradamente grande de morteros y granadas para mortero. El volumen de dicho pedido causó extrañeza entre trabajadores y dirección de la empresa, y la opinión general era que una cantidad tan grande no podía ser para otra cosa que para ser usada. Sin embargo, nada apuntaba a que ocurriera algo que lo justificase en Yugoslavia: los medios de comunicación, al menos, no decían nada. Tuvieron un pico de producción para cumplir con el encargo, y por fin fue suministrado. No pasaron meses cuando el gobierno de Belgrado comenzó a amenazar con emplear la fuerza para evitar la desmembración de la antigua Yugoslavia, de la que ya Eslovenia y Croacia se habían declarado independientes. E iniciaron la guerra que todos recordamos, con todas las miserias que se produjeron, sobre todo en suelo bosnio y croata -asesinatos, violaciones, limpieza étnica, destrucciones, robos, saqueos…-. Hubo ONG’s que impulsaron el alejamiento de los niños de las zonas de conflicto, y algunos de esos niños -creo que eran bosnios- fueron acogidos por familias de Markina y alrededores. A mi amigo, a pesar de trabajar en la fabrica de armas, le parecía escandaloso: esos niños, que paseaban por el pueblo tranquilos, alejados de la guerra, casi seguro que ignoraban que a unos pasos de allí, se habían fabricado las granadas de mortero que, posiblemente, se estaban usando para masacrar a sus familiares, a sus vecinos. Quizá alguno de ellos era huérfano a causa de la explosión de una de ellas.
En 2005 tuve la oportunidad de viajar a Zagreb, la capital de Croacia, y pude hablar con varios croatas del pasado conflicto bélico de hacía una década, que afortunadamente veían con cierta lejanía -si bien es cierto que Zagreb no fue frente de combate, salvo algún pequeño bombardeo desde el aire-. A uno de mis amigos allí, Nikola -que no era croata, sino macedonio de Skopje-, le conté la historia que me había contado mi otro amigo, el de Markina. Le pareció una historia terrible, y al acabarla me mostró su brazo: tenía el vello erizado. También le hablé del absurdo que recordaba de aquella guerra, en la que las televisiones nos contaban de la existencia de campos de concentración donde se violaban constantemente los derechos humanos sin que la Unión Europea demasiado por evitarlo y, en las mismas fechas, todos llorábamos con la película taquillera del momento: “La lista de Schindler”. ¿No es todo esto una locura?
“Malditas sean las guerras, y los canallas que las hacen” (Julio Anguita)
Muchas gracias por tu testimonio Iñaki. Comparto la frase de Julio Anguita