Ayer tuvimos otra vez ese ritual social tan duro y penoso: condenas, concentraciones y, sobre todo… mucha pena. Han asesinado a un ciudadano de la República de Francia. Se llamaba Jean Serge Nérin, estaba casado y tenía cuatro hijos.
Un loco criminal sediento de sangre, decidió disponer alegremente de su vida. Tomó un arma, apuntó y disparó a otro ser humano, matándolo. Me niego a entrar en debates políticos estériles. Quien quiera condenar el asesinato, que lo haga. Y quien entienda que es un hecho no condenable, allá él o ella.
No pienso reclamar más condenas a ninguna Organización. Sólo quiero que se detengan a pensar por un instante si merece la pena matar a este hombre, privar a su familia de la felicidad. Si su ideología política se sustenta en la muerte y la sangre de la gente, que no cuenten conmigo.
Afortunadamente nuestro país ha iniciado una nueva senda. Ya nadie acepta a esta clase de personas. Ahora sólo tienen espacio los que respetan las reglas, los que no se consideran señores de la vida de los demás. Euskadi expulsa la sangre de la política. Y hay algunos que están dejando pasar muchos trenes. Es posible que ya no vuelvan a pasar más.
Ayer pensaba en este ciudadano francés. Tendría sus sueños, sus anhelos, su deseo de ir a su casa y abrazar a sus hijos o besar a su esposa. Quedar con sus amigos o acudir al trabajo y hacer bien las cosas que le tocaba gestionar. Pues bien, un criminal sedinto de sangre ha decidido disponer de esta vida, anularla, matarla y quebrar así un proyecto vital. Y todavía habrá quien lo contextualice o lo comprenda o, incluso, quien lo acepte y se proponga hacerle un homenaje. Sacar su foto a la calle para convertirlo en el icono de un pueblo. Que pena! Que tristeza!
Ojalá nunca más haya que compartir estos artículos. Un abrazo, Txema.
Qué versión cree honestamente, Txema?
La de ETA o la de la policía francesa?
Saludos,
D
No creo que la de ETA pueda calificarse de versión. Más bien parece una broma macabra. Al final, será que la culpa la tiene el asesinado. En fin.